El capitalismo y los estados que lo legitiman están en plena metamorfosis de sus propias condiciones de reproducción y superviviencia. La especie humana asiste incrédula, desconcertada y sin valores sólidos que la den sentido al espectáculo fragmentado y sin detalles de un planeta hiperhumanizado, tecnificado, económica y culturalmente globalizado, pero al mismo tiempo terriblemente injusto, desigual e insolidario, donde la miseria y la muerte sin sentido campan por continentes enteros. La desidia, la indolencia, la pasividad contemplativa del mundo vista a través de múltiples imágenes que banalizan el deterioro medioambiental y la indignidad en la que malviven millones de seres humanos desplazados por las guerras y la pobreza, constituyen el gran pensamiento de los países acomodados. Países que caminan a marchas forzadas creando sociedades de individuos cuyo único horizonte de libertad se agota en el consumo desaforado de productos y servicios que engrosan con sus desperdicios los vertederos del tercer mundo. Países que se han sometido sin reparos al designio impuesto por sus empresas y capitales, que son cada vez más ubicuas, más incontrolables, a medida que hacen del planeta entero su objeto de transformación, de producción, de distribución, de compra-venta y de consumo: un inmenso libre mercado para proseguir en su proceso sin fin de acumulación y búsqueda de la máxima rentabilidad